Es oficial: El barroco ya llegó
2 August 2007
Comentario sobre el Segundo Concierto de Cámara, Temporada 2007, Orquesta Sinfónica UdeC
Casa del Arte, U. de Concepción, Sábado 7 de julio de 2007
En toda una revelación se convirtió el segundo concierto de cámara de la Orquesta Sinfónica UdeC. Bajo la guía del valdiviano y experto barroquista Cristóbal Urrutia, las cuerdas del conjunto experimentaron un “regreso” en un doble sentido.
Por una parte, un regreso al repertorio barroco con el que la orquesta universitaria inició sus actividades 55 años atrás. En este sentido, es ilustrativa la notable coincidencia de que el tercer concierto de la historia de la orquesta (julio de 1953) también haya incluido una suite de la ópera Armide de Lully. Cuando dimos a conocer este dato a Cristóbal Urrutia, quedó muy asombrado. Y es que en la década de los ’50, la orquesta fue pionera y muy activa en la difusión de este repertorio y es probable que muchas de las obras interpretadas entonces nunca de hayan vuelto a tocar en Chile. Obviamente, este regreso al repertorio original se hace ya no con el propósito de difundir un repertorio recién redescubierto, sino para difundir una perspectiva particular de interpretación.
La interpretación “históricamente informada” es un enfoque que está recién introduciéndose en la formación de los intérpretes chilenos, pero que los melómanos conocemos bien desde hace un par de décadas, gracias a una creciente oleada de grabaciones provenientes sobre todo de Europa. Esta tendencia se difundió con el surgimiento de los ensembles de instrumentos de época (“originales” o “antiguos”), pero actualmente se espera que los músicos que tocan con instrumentos “modernos” también puedan ser capaces de tocar con un sonido y un estilo coherente con los hallazgos y enseñanzas de esta práctica. Fue para este propósito que la orquesta universitaria invitó a un violinista barroco como Cristóbal Urrutia, alumno del ya legendario Sigiswald Kuijken e integrante de diversos ensembles de instrumentos antiguos.
Como consecuencia de esto, se produjo el segundo “regreso”: el regreso a la pureza del sonido. El conjunto evidentemente asimiló las indicaciones del director invitado en cuanto a evitar el ataque masivo a la cuerda y reducir el vibrato. Podía verse como cada músico buscaba su propia estrategia para reducir el peso del arco (algunos usando arcos barrocos, otros tomando su arco moderno más lejos del talón). De este modo, se logró ese sonido transparente, sano, que “respira”. El solo hecho de lograr un sonido de esa calidad es valioso para la orquesta, puesto que les da a los músicos un patrón de comparación al abordar cualquier repertorio. Ahora saben que es posible lograr un sonido más bello y menos forzado que el usual.
La hiper-reverberante acústica de la Casa del Arte dificulta siempre la coordinación de los ensembles, pero esta vez no hubo problemas notorios, puesto que los músicos siguieron atentamente con la vista al director, quien los guiaba sutilmente desde su violín barroco a la usanza de aquellos tiempos lejanos (véase foto superior). No tener a alguien parado al frente con una batuta debe haberlos obligado a asumir una mayor responsabilidad en la interpretación. La necesidad de mirarse y escucharse con más atención unos a otros debe haber sido otro valioso proceso de aprendizaje para ellos.
En cuanto a las interpretaciones resultantes, debemos decir que los conciertos de Corelli y la Suite de Lully sonaron magníficamente, sobre todo los movimientos lentos del primero, donde no faltó la ornamentación libre en el violín del director, realizada con gran gusto. Hermosísima la Passacaille de Armide, de hipnótico dramatismo, al igual que casi todas las piezas de ese género. El Concierto opus 3 No.1 de Vivaldi, tocada con sólo 9 instrumentistas (un músico por parte, más un contrabajo) se entendió menos por las figuraciones más elaboradas del veneciano, que eran difíciles de dilucidar en la nebulosa causada por la acústica de la sala. Algo semejante ocurrió con la Sinfonía en La de C.P.E. Bach, cuya complejidad determinó que el director hiciera a un lado su violín para dirigir “a la moderna”, pero sin batuta. Fascinante obra la de Carl Philipp, llena de modulaciones y quiebres inesperados: suena a música experimental. Claro que estas características le hacen más difícil el trabajo a los intérpretes, pero la orquesta universitaria lo hizo realmente bien, reflejando todos los contrastes y sorpresas de esta partitura.
El público aplaudió con gran entusiasmo el cierre de un programa extraordinariamente atractivo e interpretado de manera tan especial. Para mí y varios otros melómanos locales, este concierto significó la realización de un sueño. Gracias por eso a Cristóbal Urrutia y a la orquesta que tuvo el acierto de invitarlo. Por supuesto que ahora tenemos nuevos sueños: ¿por qué no varios programas barrocos en el año con este enfoque e incluyendo vientos y voces?
Sinfómano






